Volviendo a los 90: El Gobierno oficializó la privatización de AySA en medio de sospechas por un negocio digitado
El Ministerio de Economía lanzó la licitación internacional para vender el 90% de la empresa de agua y cloacas por 30 años. Mientras el oficialismo lo vende como un avance, la realidad argentina enciende las alarmas: ¿Para qué se hace una licitación pública si los nombres de los "amigos del poder" que se van a quedar con el negocio ya están en boca de todos?
El fantasma de las privatizaciones de la década del 90 dejó de ser una advertencia de la oposición para convertirse en una realidad concreta. El Gobierno Nacional, bajo el amparo de la Ley Bases, oficializó el llamado a licitación pública para transferir el control de Aguas y Saneamientos Argentinos S.A. (AySA) al sector privado. Sin embargo, detrás del discurso de la transparencia y el libre mercado, la medida reaviva la histórica sospecha argentina de los pliegos hechos a medida y los negocios digitados de antemano.
Según la Resolución 704/2026 del Ministerio de Economía, firmada por Luis Caputo, el Estado pondrá a la venta el 90% del paquete accionario de la compañía, otorgando una concesión por 30 años para operar el servicio en Capital Federal y 26 partidos del Gran Buenos Aires. El cronograma fija la apertura de ofertas para el 27 de agosto, abriendo un supuesto periodo de competencia internacional.
Pero en los pasillos del poder, la pregunta que todos se hacen es una sola: ¿Para qué se monta el escenario de una licitación si el ganador ya parece estar puesto a dedo? La historia reciente de la Argentina demuestra que estos procesos suelen ser meros trámites formales para terminar entregando los recursos estratégicos a los empresarios amigos de turno, garantizándoles un negocio millonario y cautivo a costa del bolsillo de los usuarios.
Para los sectores críticos, este remate de AySA —estimado en unos 500 millones de dólares— es el inicio de un nuevo festival de concesiones donde el acceso al agua, un derecho humano básico, queda supeditado a los intereses de los sectores concentrados de la economía que ya aceitan sus contactos políticos para quedarse con la torta. Con los pliegos sobre la mesa, el tablero vuelve a configurarse bajo la matriz de los noventa: privatizaciones exprés, capitalismo de amigos y un resultado que, para muchos, ya está completamente cantado.