MARÍA SOLEDAD MORALES
CUANDO UN CRIMEN DEJÓ DE SER SOLAMENTE UN CRIMEN
Hay casos policiales que ocupan las páginas de los diarios durante algunos días y después desaparecen.
Y hay otros que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en parte de la historia de un país.
El caso de María Soledad Morales pertenece a esta segunda categoría.
Pero para entender por qué una joven de 17 años terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más importantes de una época, hay que volver al comienzo.
Hay que volver a Catamarca.
A septiembre de 1990.
María Soledad Morales tenía 17 años y estudiaba en el Colegio del Carmen y San José, en San Fernando del Valle de Catamarca.
La noche del viernes 7 de septiembre había participado de una fiesta organizada por estudiantes.
Después de aquella noche, su familia no volvería a verla con vida.
Durante las primeras horas nadie sabía exactamente qué había ocurrido.
Hasta que el 10 de septiembre de 1990 trabajadores de Vialidad Nacional encontraron su cuerpo en una zona ubicada a unos siete kilómetros de la capital catamarqueña.
A partir de ese momento, lo que inicialmente podía parecer una desaparición se transformó en una investigación criminal.
Pero muy rápidamente comenzaron a aparecer preguntas.
Y también comenzaron a aparecer nombres.
Uno de ellos fue Guillermo Daniel Luque, hijo del diputado nacional Ángel Luque.
Otro fue Luis Raúl Tula, quien mantenía una relación con María Soledad.
Y alrededor de la investigación comenzaron a aparecer también otros jóvenes vinculados familiarmente con sectores de la política y de la policía provincial.
Fue entonces cuando empezó a instalarse una expresión que terminaría recorriendo todo el país:
los hijos del poder.
Pero acá hay que hacer una aclaración importante.
Que determinadas personas hayan sido mencionadas, investigadas o vinculadas a una causa no significa que todas hayan sido responsables del crimen.
Una cosa es la sospecha.
Otra es una acusación.
Y otra muy diferente es una condena judicial.
La historia posterior tendría acusados concretos, pruebas, testimonios, pericias y sentencias.
Pero en septiembre de 1990, cuando todo comenzaba, la sociedad catamarqueña todavía intentaba descubrir qué había ocurrido con María Soledad.
Y mientras las preguntas aumentaban, también comenzaron a aparecer cuestionamientos sobre la propia investigación.
La actuación de determinados funcionarios policiales y judiciales empezó a ser observada con desconfianza.
Aparecieron denuncias, contradicciones y cuestionamientos sobre la forma en que se estaba llevando adelante la investigación.
Y entonces comenzó a surgir una pregunta que iba mucho más allá del crimen:
¿La Justicia iba realmente a investigar a todos por igual?
Esta pregunta es importante porque el caso María Soledad no ocurrió en un vacío.
En distintos lugares del país, antes y después de este caso, hubo investigaciones criminales en las que aparecieron personas vinculadas a sectores políticos, económicos, policiales o empresariales.
Eso no significa que esas personas fueran culpables.
Pero sí plantea un problema institucional que sigue siendo válido:
¿Qué ocurre cuando quienes tienen menos poder sienten que las instituciones no funcionan de la misma manera para todos?
En Catamarca, esa pregunta empezó a crecer.
Y entonces sucedió algo que terminó cambiando completamente la historia.
La sociedad salió a la calle.
Las primeras movilizaciones fueron impulsadas por compañeras de María Soledad pocos días después de su muerte.
Martha Pelloni, directora del colegio al que asistía la joven, tuvo posteriormente un papel central en el acompañamiento de aquellas protestas.
Y aquellas movilizaciones tuvieron una característica particular.
No eran solamente actos políticos.
No tenían como protagonista un partido.
No tenían grandes discursos.
Eran personas caminando por las calles.
En silencio.
Nacieron así las Marchas del Silencio.
Y ese silencio terminó siendo mucho más fuerte de lo que cualquiera podía imaginar.
Miles de personas comenzaron a movilizarse para reclamar justicia.
El reclamo fue creciendo.
Y con cada nueva marcha, el caso dejaba de pertenecer exclusivamente a la familia Morales.
Dejaba de pertenecer exclusivamente a los investigadores.
Dejaba incluso de pertenecer exclusivamente a Catamarca.
Se convertía en una causa social.
La prensa comenzó a darle una cobertura cada vez mayor.
Y cuando las imágenes de esas movilizaciones comenzaron a aparecer en los medios nacionales, lo que estaba ocurriendo en una provincia del norte argentino empezó a ser observado por todo el país.
Pero tampoco sería correcto decir que los medios crearon por sí solos aquel movimiento.
Primero estuvo el crimen.
Después estuvo el reclamo de la familia.
Después estuvieron las compañeras.
Después estuvieron las movilizaciones.
Y finalmente la cobertura periodística permitió que ese reclamo trascendiera las fronteras de Catamarca.
Según investigaciones académicas sobre el fenómeno, las Marchas del Silencio llegaron a reunir decenas de miles de personas y se convirtieron en una de las expresiones de movilización social más importantes de la historia reciente de Catamarca.
Y ahí se produjo la verdadera transformación.
La pregunta dejó de ser solamente:
¿Quién mató a María Soledad?
Comenzó a aparecer otra pregunta:
¿Qué estaba pasando con las instituciones encargadas de investigar su muerte?
Y esa segunda pregunta fue la que terminó llevando el caso a un terreno mucho más grande.
Porque Catamarca estaba gobernada por Ramón Saadi, integrante de una familia que había tenido durante décadas una enorme influencia política en la provincia.
El caso comenzó a convertirse en una crisis institucional.
Y aquella crisis terminaría teniendo consecuencias políticas que trascenderían completamente el expediente policial.
Pero eso todavía no había ocurrido.
Todavía faltaban las investigaciones.
Los jueces.
Los fiscales.
Los testigos.
Las pruebas.
Las denuncias de irregularidades.
Los acusados.
La intervención federal.
Y, finalmente, los juicios.
Porque la historia de María Soledad Morales no terminó cuando la sociedad salió a la calle.
En realidad, ahí comenzó una segunda etapa.
Una etapa en la que ya no solamente iba a discutirse qué había ocurrido con una joven de 17 años.
También iba a discutirse qué ocurre cuando una sociedad empieza a desconfiar de las instituciones que deberían garantizar justicia.
Y esa es la historia que vamos a continuar.
MARÍA SOLEDAD MORALES — PARTE 2: EL PODER, LA INVESTIGACIÓN Y LOS JUICIOS.
Continuará.
Redacción Contenidos Libres
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