El nuevo esquema de peajes en las rutas nacionales ha dejado de ser una proyección administrativa para convertirse en un golpe directo al bolsillo del sector productivo y el transporte de cargas, especialmente en el litoral argentino. Lo que se presenta técnicamente como una actualización tarifaria bajo un nuevo modelo de gestión, esconde en realidad un cambio de paradigma en la política de infraestructura del Gobierno nacional, que traslada el costo total del mantenimiento vial a los usuarios y transportistas.
El epicentro del conflicto radica en la habilitación de nuevos puntos de cobro y el incremento exponencial de las tarifas en tramos que, hasta hace poco, se encontraban bajo mantenimiento estatal o con concesiones vencidas. Este ajuste no solo afecta el costo logístico de los fletes —lo que inevitablemente se trasladará al precio final de los alimentos y productos de consumo masivo en las góndolas— sino que también plantea una fuerte tensión entre las provincias y la administración central por el destino de esos fondos recaudados en rutas que atraviesan territorios federales.
En el NEA, el impacto es doblemente sensible debido a las asimetrías geográficas. El encarecimiento de la logística profundiza la brecha de competitividad para los productores locales que deben trasladar sus mercaderías hacia los grandes centros de consumo. Mientras el Ejecutivo nacional sostiene que este modelo de "usuario-pagador" es la única vía para garantizar la seguridad vial y el asfalto ante el recorte de la obra pública, diversos sectores del transporte denuncian que la carga tributaria sobre los peajes se vuelve confiscatoria en un contexto de caída de la actividad económica.
Este escenario ha reactivado el reclamo por un sistema de peajes diferencial para el transporte de carga regional y ha puesto bajo la lupa la transparencia en la reinversión de lo recaudado. En las rutas de nuestra región, donde el flujo de camiones es constante por el comercio internacional y la producción primaria, el nuevo valor del peaje se percibe como un impuesto encubierto a la producción, generando un clima de incertidumbre que promete derivar en nuevas presentaciones judiciales por parte de cámaras empresariales que consideran estas tarifas como un obstáculo insalvable para la operatividad diaria.
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