Después del atentado contra la Embajada de Israel, hay una historia que nos obliga a volver a entrar en los años noventa.
No porque Lourdes Di Natale haya sido responsable de aquel atentado.
No porque sus denuncias hayan demostrado judicialmente todas las conexiones que mencionó.
Sino porque, en determinado momento, una mujer que había trabajado durante años dentro del círculo del poder comenzó a hablar.
Y cuando empezó a hablar, aparecieron nombres, negocios, armas, dinero, funcionarios, empresarios, servicios de inteligencia y hasta referencias a los dos grandes atentados que habían sacudido a la Argentina.
Lourdes María Di Natale no era una periodista.
Era secretaria.
Pero no cualquier secretaria.
Había trabajado en el entorno de funcionarios y dirigentes vinculados al gobierno de Carlos Menem y terminó como secretaria de Emir Yoma, hermano de Zulema Yoma y uno de los hombres más cercanos al poder menemista.
Por las oficinas de Yoma, según los propios relatos de Di Natale, pasaban empresarios, funcionarios, intermediarios y personajes vinculados al negocio de las armas.
Y allí comenzó una historia que terminaría muchos años después con una mujer cayendo desde el décimo piso de su departamento.
Pero vayamos por partes.
La secretaria que estaba adentro
Di Natale comenzó a trabajar en Buenos Aires a fines de los años ochenta.
Pasó por los entornos de Miguel Ángel Vicco y Ramón Hernández, secretarios privados de Carlos Menem, y posteriormente trabajó para Emir Yoma.
Eso significa que durante años estuvo cerca de un sector del poder político y económico argentino.
No estaba leyendo los diarios desde afuera.
Estaba trabajando en oficinas donde, según su propio testimonio, se hablaba de negocios, funcionarios y operaciones.
En 1998 su nombre comenzó a aparecer públicamente cuando denunció a Emir Yoma por su presunta vinculación con el tráfico ilegal de armas hacia Croacia y Ecuador.
Y entonces apareció uno de los elementos centrales de su historia:
los 400.000 dólares.
Di Natale sostuvo que su entonces pareja, el abogado Mariano Cúneo Libarona, le había contado que esos 400.000 dólares depositados en una cuenta vinculada a la empresa Daforel correspondían a una coima destinada a Emir Yoma.
La acusación no quedó solamente en una entrevista.
Di Natale declaró posteriormente ante la Justicia y volvió a mencionar esa operación.
En 2001 ratificó que Cúneo Libarona le había dicho que el dinero era para Yoma y aportó datos sobre las cuentas y las casas de cambio utilizadas.
Pero había algo todavía más importante.
El propio expediente judicial incorporó referencias a su declaración sobre la cuenta de Daforel y sobre cómo habría llegado hasta ella el número de cuenta que debía utilizarse para el giro de los 400.000 dólares.
Es decir:
la historia dejó de ser solamente una entrevista televisiva.
Había llegado a los tribunales.
Después aparecieron las armas
Di Natale sostuvo que por las oficinas de Emir Yoma habían pasado Diego Palleros y Luis Sarlenga, dos nombres centrales de la causa por la venta ilegal de armas.
También habló de Monzer Al Kassar.
Contó que lo había visto en las oficinas de Yoma y llegó a describir incluso unas armas que, según su relato, el traficante sirio habría entregado como regalo.
También aseguró que Sarlenga la llamaba telefónicamente cuando no encontraba a Yoma y que le dejaba mensajes que ella describía como realizados "en código".
Todo aquello podía ser discutido.
Y de hecho fue discutido.
Los acusados y sus abogados cuestionaron severamente su credibilidad.
Se dijo que era inestable.
Que fabulaba.
Que inventaba.
Que sus denuncias respondían a conflictos personales.
Pero había una dificultad para quienes pretendían simplemente borrar su testimonio:
Di Natale conocía personalmente a algunos de los protagonistas.
Había trabajado durante años en ese ambiente.
Y además comenzó a aportar agendas, documentos y datos concretos sobre personas, oficinas, cuentas y reuniones.
En 2001 incluso aportó nuevas copias de agendas que había conservado de su época de trabajo.
Y entonces aparece una pregunta incómoda.
Si todo lo que decía era simplemente una fantasía de una mujer resentida o desequilibrada...
¿por qué una parte de sus declaraciones terminó incorporada a investigaciones judiciales que avanzaron sobre el tráfico de armas?
Y después vino la televisión
En octubre de 1998 Lourdes Di Natale apareció frente a Mariano Grondona.
Y allí hizo una afirmación todavía más explosiva.
Dijo haber visto un fax que relacionaba el atentado contra la Embajada de Israel, el atentado contra la AMIA, las ventas de armas a Croacia y Ecuador, el narcotráfico y el lavado de dinero.
Y en ese contexto mencionó nombres como Monzer Al Kassar, Alfredo Yabrán, Carlos Menem y Emir Yoma.
En otra cobertura periodística de aquella entrevista, Di Natale fue todavía más directa y atribuyó los atentados a Al Kassar, Yabrán, Yoma y Menem.
Pero acá hay que detenerse.
Porque una cosa es lo que dijo Lourdes Di Natale.
Y otra muy distinta es lo que pudo demostrar la Justicia.
No existe una sentencia que haya establecido que Menem, Yabrán o Yoma hayan participado en los atentados de la Embajada de Israel o de la AMIA por el solo hecho de haber sido mencionados por Di Natale.
Por eso la pregunta periodística no debe transformarse en una condena.
Debe quedar como pregunta.
¿Qué había visto realmente Lourdes Di Natale?
¿Quién le había mostrado aquel fax?
¿De dónde provenía?
¿Era auténtico?
¿Era información de inteligencia?
¿Era una interpretación?
¿Era una acusación sin sustento?
¿O había allí una parte de una trama que nunca llegó a reconstruirse completamente?
No tenemos una respuesta judicial definitiva para todas esas preguntas.
Y precisamente por eso siguen siendo preguntas.
Una mujer que decía estar amenazada
Pero hay otro capítulo que resulta todavía más incómodo.
Di Natale había denunciado amenazas.
Había llegado a tener custodia judicial después de sus declaraciones contra Yoma.
Y en los meses anteriores a su muerte, según su abogado, había recibido nuevas amenazas.
Además, tenía previsto declarar nuevamente en la causa por el tráfico de armas y debía aportar información relacionada con la explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero.
Entonces llegamos al 1 de marzo de 2003.
Lourdes tenía 45 años.
Vivía en un departamento de un décimo piso en la calle Mansilla, en Barrio Norte.
Esa noche cayó al patio interno del edificio.
Murió.
La primera hipótesis fue un accidente.
La explicación que circuló fue que estaba intentando cortar un cable desde una ventana, subida a una silla, y perdió el equilibrio.
La autopsia no encontró signos de lucha ni lesiones compatibles con una agresión física.
Y durante un tiempo el caso quedó encaminado hacia la hipótesis del accidente o del suicidio.
Pero comenzaron a aparecer dudas.
Su abogado decía que había sido amenazada.
Sus familiares cuestionaban la hipótesis del suicidio.
Y aparecieron interrogantes sobre determinados elementos que faltaban del departamento, entre ellos documentación y su teléfono celular, según denunció posteriormente su abogado.
Después apareció otro dato.
Di Natale tenía que declarar en la causa de las armas.
Y también estaba previsto que declarara en la investigación de Río Tercero.
Su muerte ocurrió justamente en ese contexto.
¿Es una prueba de homicidio?
No.
Pero tampoco es algo que un periodista serio debería esconder.
Porque forma parte de la historia.
El dato que cambia todo
Y acá aparece, para mí, el elemento más importante de toda esta historia.
Durante años la investigación de su muerte estuvo archivada.
Hasta que en 2015 intervino la Corte Suprema.
Y la Corte no dijo:
"Lourdes Di Natale fue asesinada".
Eso sería falso.
Lo que dijo fue algo mucho más concreto.
Consideró que se había convalidado el cierre anticipado de una investigación en la que no se habían agotado las posibilidades de reunir pruebas conducentes en un hecho considerado de causas dudosas.
Y ordenó dejar sin efecto aquella decisión.
Hay una diferencia enorme.
La Justicia no confirmó un homicidio.
Pero tampoco permitió que la investigación quedara cerrada de aquella manera.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
Si todo estaba tan claro...
¿por qué la Corte Suprema consideró que la investigación se había cerrado anticipadamente?
La libreta naranja
Años después de su muerte circuló otro dato que pertenece al terreno de las declaraciones de personas cercanas a Di Natale.
Según esas versiones, Lourdes habría dicho alguna vez:
"Si algo me llega a pasar, busquen una libreta naranja que está en una escribanía".
La supuesta libreta contendría información que nunca había contado públicamente.
¿Existía realmente?
¿Fue localizada?
¿Qué contenía?
¿Quién la tenía?
Son preguntas que aparecen en las reconstrucciones periodísticas del caso, pero no podemos presentarlas como hechos judicialmente comprobados.
Y quizás ahí está la diferencia entre investigar y construir una conspiración.
Una conspiración necesita certezas inventadas.
Una investigación puede sobrevivir solamente con preguntas.
¿Cuánto sabía Lourdes?
Esta es la verdadera cuestión.
Porque Lourdes Di Natale no era una funcionaria de alto rango.
No firmaba decretos.
No era ministra.
No manejaba las Fuerzas Armadas.
No dirigía los servicios de inteligencia.
Era una secretaria.
Pero una secretaria que durante años estuvo sentada dentro de oficinas por las que, según su propio relato, pasaron algunos de los nombres más importantes de una época.
Y eso la convirtió en testigo.
Después en denunciante.
Después en una pieza importante de la causa de armas.
Y finalmente en una mujer que murió antes de declarar sobre algunas de las cuestiones que todavía decía conocer.
La historia argentina de los años noventa está llena de coincidencias difíciles de ignorar.
La Embajada de Israel.
AMIA.
El tráfico de armas.
Río Tercero.
Monzer Al Kassar.
Alfredo Yabrán.
Carlos Menem.
Emir Yoma.
Diego Palleros.
Luis Sarlenga.
Y después, Lourdes Di Natale.
No significa que todos esos nombres formen parte de una misma conspiración.
No hay una sentencia que permita escribir eso.
Pero tampoco significa que debamos mirar la sucesión de acontecimientos y fingir que no existen preguntas.
Porque las preguntas existen.
Y algunas fueron formuladas por la propia Justicia.
Una muerte que quedó pendiente
Lourdes Di Natale murió en 2003.
Doce años después, en 2015, la Corte Suprema ordenó reabrir la investigación sobre su muerte.
Eso significa que durante más de una década el país convivió con una explicación que no había logrado cerrar completamente todas las dudas.
Y entonces la pregunta final vuelve a ser inevitable.
¿Qué habría contado Lourdes si hubiera podido declarar?
¿Qué documentos habría aportado?
¿Qué sabía sobre las armas?
¿Qué sabía sobre Río Tercero?
¿Qué sabía sobre las relaciones entre empresarios, funcionarios e intermediarios?
¿Y qué había realmente detrás de aquel fax que, según su relato, vinculaba Embajada, AMIA, armas, narcotráfico y lavado de dinero?
Tal vez las respuestas sean mucho menos espectaculares de lo que algunos imaginaron.
Tal vez algunas de sus denuncias hayan sido exageradas.
Tal vez otras hayan sido ciertas.
Tal vez algunas quedaron demostradas y otras nunca pudieron probarse.
Eso es justamente lo que hace que esta historia siga siendo incómoda.
Porque Lourdes Di Natale no dejó una sentencia.
Dejó declaraciones.
Dejó documentos.
Dejó denuncias.
Dejó enemigos.
Dejó amenazas denunciadas.
Dejó una muerte discutida.
Y dejó una investigación que la Corte Suprema consideró que había sido cerrada demasiado pronto.
En un país donde tantas historias de los años noventa terminaron mezclándose entre política, negocios, inteligencia, armas y muerte, quizás la pregunta más honesta no sea afirmar que Lourdes "sabía demasiado".
Quizás sea otra.
¿Cuánto llegó a contar antes de morir?
Y, sobre todo:
¿cuánto de lo que sabía quedó enterrado con ella?
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