Hay discusiones políticas que no pueden analizarse mirando solamente los últimos dos años.
Y hay otras que directamente no pueden entenderse si quien las analiza no conoce —o no recuerda— lo que ocurrió en la Argentina durante las últimas tres décadas.
Porque cuando hablamos de inflación, déficit, deuda, convertibilidad, superávit, FMI, ajuste, crecimiento, inversión, estabilidad y desarrollo, no estamos hablando de conceptos abstractos.
Estamos hablando de experiencias que la Argentina ya atravesó.
Varias veces.
Con distintos gobiernos.
Con distintas ideologías.
Con distintos funcionarios.
Y, en algunos casos, incluso con los mismos protagonistas.
Por eso hay una pregunta que debería hacerse cualquier persona que quiera analizar seriamente el presente argentino:
¿A qué estamos jugando?
No se trata de defender al peronismo.
Tampoco de defender a Macri.
Mucho menos de convertir esta editorial en una defensa de Javier Milei o en una condena automática a su gobierno.
Se trata de algo bastante más incómodo:
mirar la película completa.
Porque si para explicar la Argentina actual empezamos en 2001 y saltamos directamente a 2015, estamos eliminando doce años fundamentales de nuestra historia.
Y si empezamos en 2015 y pretendemos explicar todo por lo ocurrido antes, hacemos exactamente lo mismo.
La economía argentina no funciona con puntos cero.
2001 NO FUE EL PRINCIPIO DE TODO
La crisis de 2001 no apareció de la nada.
La Convertibilidad había establecido legalmente la equivalencia de un peso con un dólar y consiguió durante varios años algo que para una sociedad castigada por la hiperinflación parecía extraordinario: estabilidad nominal.
Pero estabilidad de precios no significa necesariamente sostenibilidad económica.
La propia CEPAL analizó posteriormente cómo el régimen de Convertibilidad estuvo acompañado inicialmente por estabilidad, recuperación de la actividad, entrada de capitales y reducción de los costos financieros, pero también por una creciente vulnerabilidad frente a los movimientos de capitales y las tasas internacionales, el agotamiento de ingresos extraordinarios y contradicciones entre el equilibrio fiscal y externo.
La Argentina llegó a 2001 con recesión, desempleo elevado, endeudamiento y una estructura económica cada vez más difícil de sostener.
La crisis terminó con la Convertibilidad, la cesación de pagos y una ruptura institucional y social extraordinaria.
Pero hay algo que muchas veces se olvida.
Néstor Kirchner no asumió después de la crisis de diciembre de 2001.
Primero hubo una transición.
Eduardo Duhalde asumió en enero de 2002.
La economía atravesó entonces una etapa de reconstrucción después de la salida de la Convertibilidad.
Y recién en 2003 llegó Néstor Kirchner.
Ese detalle no es menor.
Porque entre 2001 y 2003 existe una etapa histórica que también debe ser considerada para entender cómo Argentina consiguió salir de aquella crisis.
EL PERÍODO QUE NO SE PUEDE BORRAR
Acá es donde una lectura histórica tiene que ser honesta.
Entre 2003 y 2008 la economía argentina experimentó una expansión extraordinaria.
CEPAL identifica precisamente la salida de la Convertibilidad como un punto de inflexión y señala que el PIB por habitante argentino creció a un promedio del 7,2% anual entre 2003 y 2008, superando ampliamente el promedio regional de ese período.
No fue solamente una recuperación estadística.
Hubo crecimiento.
Hubo fuerte creación de empleo.
Hubo reducción del desempleo.
Hubo recuperación del consumo.
Hubo recomposición de sectores de la clase media.
Y hubo una recuperación de sectores sociales que habían quedado literalmente destruidos después de la crisis.
También hubo una importante reestructuración de la deuda pública y Argentina canceló posteriormente su deuda con el Fondo Monetario Internacional.
Esto no significa que el kirchnerismo haya sido perfecto.
No lo fue.
Hubo inflación.
Hubo problemas fiscales.
Hubo distorsiones de precios relativos.
Hubo conflictos institucionales.
Hubo restricciones.
Hubo decisiones económicas discutibles.
Y con el paso de los años comenzaron a aparecer problemas que terminarían debilitando el modelo.
Pero tampoco sería serio afirmar que entre 2003 y 2015 no ocurrió nada relevante.
La Argentina salió de una de las peores crisis económicas y sociales de su historia y atravesó una etapa de recuperación que produjo una mejora concreta para amplios sectores de la población.
Eso también forma parte de la historia.
Reconocerlo no convierte a nadie en kirchnerista.
De la misma manera que reconocer los problemas de aquel período tampoco convierte a nadie en antiperonista.
La historia no debería funcionar como una camiseta de fútbol.
Y DESPUÉS LLEGÓ MACRI
En 2015 comenzó otra etapa.
Mauricio Macri llegó a la Presidencia con una propuesta de normalización económica, apertura financiera, recuperación de la inversión y reinserción de Argentina en los mercados internacionales.
Y acá aparece uno de los elementos más interesantes de toda esta historia.
Porque algunos de los nombres que hoy ocupan lugares centrales en el esquema económico y político del gobierno de Javier Milei ya habían tenido responsabilidades importantes durante el gobierno de Mauricio Macri.
Luis Caputo fue designado secretario de Finanzas en diciembre de 2015 y posteriormente se convirtió en ministro de Finanzas.
Federico Sturzenegger fue designado presidente del Banco Central en diciembre de 2015 y permaneció al frente de la institución hasta 2018.
Patricia Bullrich fue ministra de Seguridad durante el gobierno de Macri.
Pero acá la historia se vuelve todavía más interesante.
Porque Sturzenegger y Bullrich no aparecieron en la política nacional con Macri.
STURZENEGGER: 2001, MACRI Y MILEI
Federico Sturzenegger ya formaba parte del Estado nacional durante el gobierno de Fernando de la Rúa.
El 12 de marzo de 2001 fue designado secretario de Política Económica del Ministerio de Economía.
No es una interpretación.
Está en el Boletín Oficial.
El decreto firmado por De la Rúa lo designó expresamente en ese cargo.
Y tampoco se trata de una permanencia hasta diciembre.
Su renuncia fue aceptada el 29 de noviembre de 2001, pocas semanas antes del estallido de diciembre. La resolución fue firmada por Domingo Cavallo, quien en ese momento era ministro de Economía.
Por lo tanto, hay una primera línea histórica perfectamente documentada:
2001 — Fernando de la Rúa: Sturzenegger, secretario de Política Económica.
Después pasó el tiempo.
En diciembre de 2015, Mauricio Macri lo designó presidente del Banco Central.
Y en 2024 volvió al Gobierno nacional bajo Javier Milei, esta vez como ministro de Desregulación y Transformación del Estado. Actualmente continúa ocupando ese cargo.
Entonces tenemos:
2001 — De la Rúa.
2015 — Macri.
2024-2026 — Milei.
El mismo economista atravesando tres etapas políticas completamente diferentes de la Argentina.
Y eso no significa que los tres gobiernos hayan sido iguales.
No lo fueron.
Tampoco significa que Sturzenegger haya tenido las mismas responsabilidades en cada administración.
No las tuvo.
Pero el dato histórico existe y no debería ocultarse.
PATRICIA BULLRICH: TAMBIÉN ESTABA EN 2001
El caso de Patricia Bullrich es todavía más evidente desde el punto de vista político.
Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, Bullrich fue ministra de Trabajo, Empleo y Formación de Recursos Humanos.
Y el 29 de octubre de 2001 fue designada ministra de Seguridad Social, reemplazando a quien ocupaba ese cargo. El decreto fue firmado por Fernando de la Rúa.
Pocas semanas después, en noviembre de 2001, dejó esa cartera.
Es decir:
Bullrich también formaba parte del gobierno de De la Rúa durante el año de la crisis de 2001.
Después volvió al Poder Ejecutivo.
Durante el gobierno de Mauricio Macri fue ministra de Seguridad entre 2015 y 2019.
Y en diciembre de 2023 Javier Milei la designó nuevamente ministra de Seguridad.
Pero acá también hay que ser rigurosos.
Bullrich dejó el Ministerio de Seguridad en diciembre de 2025 y fue reemplazada por Alejandra Monteoliva.
Actualmente, en 2026, Bullrich continúa siendo una figura central del oficialismo y ejerce como jefa del bloque oficialista en el Senado.
Por lo tanto, su trayectoria puede resumirse así:
2001 — De la Rúa: ministra.
2015-2019 — Macri: ministra de Seguridad.
2023-2025 — Milei: ministra de Seguridad.
2026 — Milei: figura central del oficialismo en el Senado.
Otra vez:
No hace falta interpretar.
Los cargos están documentados.
CAPUTO: ACÁ NO HAY QUE INVENTAR NADA
Y justamente para que este análisis sea serio hay que hacer una aclaración.
Luis Caputo no fue funcionario del gobierno de Fernando de la Rúa en 2001.
Su trayectoria gubernamental que nos interesa para esta comparación comienza durante el gobierno de Mauricio Macri.
Fue designado secretario de Finanzas en diciembre de 2015 y posteriormente ministro de Finanzas.
Más adelante tuvo otras responsabilidades dentro de la administración Macri.
Y actualmente es ministro de Economía de Javier Milei.
Por lo tanto:
Caputo: Macri → Milei.
No:
Caputo: De la Rúa → Macri → Milei.
Esa diferencia parece pequeña, pero es fundamental.
Porque cuando uno quiere hacer una crítica seria, no necesita exagerar los datos.
Los datos verdaderos ya son suficientemente fuertes.
Y TAMBIÉN HAY QUE HABLAR DE CAVALLO
Si vamos a mirar la historia completa, tampoco podemos olvidarnos de Domingo Cavallo.
Cavallo fue ministro de Economía durante el gobierno de Carlos Menem.
Y volvió a ocupar el Ministerio de Economía durante el gobierno de Fernando de la Rúa en marzo de 2001.
Es decir:
Menem → Cavallo → De la Rúa → Cavallo nuevamente.
Y fue precisamente Cavallo quien, como ministro de Economía de De la Rúa, aceptó la renuncia de Sturzenegger en noviembre de 2001.
La historia empieza entonces a mostrar algo mucho más interesante que una simple pelea entre peronismo y antiperonismo.
Muestra continuidades, rupturas, funcionarios que regresan, modelos que cambian y problemas que sobreviven a los gobiernos.
EL PROBLEMA DE LOS RELATOS QUE EMPIEZAN DONDE CONVIENE
Cada gobierno tiende a construir su propio punto cero.
Algunos empiezan la historia en 1976.
Otros en 1989.
Otros en 2001.
Otros en 2003.
Otros en 2015.
Y ahora muchos comienzan todo en diciembre de 2023.
Pero la economía no funciona de esa manera.
Una deuda contraída hoy puede vencer dentro de varios años.
Un bono emitido hoy puede ser pagado por otra administración.
Un contrato firmado hoy puede condicionar al Estado durante décadas.
Una inversión realizada hoy puede tener beneficios y obligaciones durante años.
Un régimen tributario puede establecer condiciones de estabilidad durante períodos muy prolongados.
Y una política económica puede generar consecuencias mucho después de que el funcionario que la diseñó haya abandonado el cargo.
Por eso hay que mirar el conjunto.
SUPERÁVIT: EL DATO ES REAL, PERO NO TERMINA LA DISCUSIÓN
Acá hay que reconocer algo que no debería discutirse por razones partidarias.
El Gobierno de Javier Milei efectivamente consiguió resultados fiscales positivos.
Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, durante los primeros ocho meses de 2026 la Administración Pública Nacional acumuló un superávit primario de $15,4 billones y un superávit financiero de $3,2 billones.
Eso es un dato.
No corresponde negarlo.
Pero tampoco corresponde convertirlo en el final de la discusión.
Porque una cosa es el resultado fiscal de un período y otra es la estructura completa de las finanzas públicas.
La propia OPC señala que durante esos primeros ocho meses los intereses de la deuda estuvieron entre los rubros del gasto que aumentaron. También registra una caída real de determinados programas sociales y una fuerte reducción de las transferencias a provincias, con particularidades derivadas del cambio en las modalidades de pago.
Por lo tanto, la pregunta técnica es:
¿Cómo se consigue el superávit?
Y después:
¿Es sostenible?
Porque un superávit primario no significa deuda cero.
Y un superávit financiero tampoco significa que el Estado haya dejado de tener vencimientos futuros.
EL STOCK DE DEUDA TAMBIÉN IMPORTA
A fines de julio de 2026, la Oficina de Presupuesto del Congreso registraba una deuda pública en pesos de $347,779 billones.
La deuda en moneda extranjera alcanzaba los US$248.458 millones.
Para lo que restaba de 2026 se estimaban vencimientos de aproximadamente $105,025 billones en moneda local y US$5.080 millones en moneda extranjera.
Dentro de estos últimos, los vencimientos con el FMI representaban US$2.718 millones, equivalentes al 53,5% del total de vencimientos en moneda extranjera previstos hasta fin de año.
Esto no significa que la Argentina esté en 2026 en la misma situación que en 2001.
Sería técnicamente incorrecto afirmarlo.
La composición de la deuda es diferente.
El sistema monetario es diferente.
El contexto internacional es diferente.
El régimen cambiario es diferente.
La situación del sistema financiero también es diferente.
Pero existe una pregunta que sí corresponde hacer:
¿Cuánto de la estabilidad actual está respaldado por una mejora estructural y cuánto depende de la capacidad permanente del Estado para refinanciar sus obligaciones?
Esa pregunta no es kirchnerista.
No es macrista.
No es libertaria.
Es financiera.
LA DEUDA Y EL EJEMPLO DE LA MUEBLERÍA
Imaginemos algo sencillo.
Una persona debe un millón de pesos.
No tiene ese millón disponible.
Entonces obtiene un crédito, paga la deuda y queda debiendo el crédito.
Hasta ahí no necesariamente hay un problema.
Si ese crédito permite realizar una inversión que genera ingresos suficientes para devolverlo, puede tratarse de una operación perfectamente racional.
Pero si esa persona toma un segundo crédito para pagar el primero y después un tercero para cancelar el segundo, ya no alcanza con decir:
“Estoy pagando mis deudas.”
Hay que preguntar:
¿Cuánto debo?
¿Cuánto pago de intereses?
¿Cuándo vence?
¿Qué parte estoy refinanciando?
¿Cuánto estoy generando?
¿Tengo capacidad real para cancelar el capital?
Un Estado no funciona exactamente como una persona.
Tiene ingresos tributarios, activos, capacidad de emitir determinados instrumentos, capacidad regulatoria, acceso al mercado financiero y capacidad de generar crecimiento económico.
Pero existe un principio básico que no desaparece:
el flujo no reemplaza al stock.
Podés tener superávit y tener deuda.
Podés pagar intereses y seguir debiendo capital.
Podés refinanciar correctamente y, al mismo tiempo, aumentar tus obligaciones futuras.
Por eso hay que mirar las dos cosas.
MACRI Y LA DEUDA TAMBIÉN FORMAN PARTE DE LA DISCUSIÓN
Y acá tampoco sirve mirar solamente al gobierno anterior.
Durante la administración de Mauricio Macri, Argentina volvió a los mercados internacionales después del conflicto con los holdouts y realizó importantes colocaciones de deuda.
Luis Caputo fue una de las figuras centrales de aquella estrategia financiera. El propio Gobierno de entonces destacó la colocación de US$16.500 millones realizada en 2016 y el retorno de Argentina a los mercados internacionales.
Posteriormente, en 2018, Argentina recurrió al Fondo Monetario Internacional.
La discusión sobre aquella política sigue siendo objeto de posiciones políticas y económicas diferentes.
Pero hay un dato objetivo:
el endeudamiento de un gobierno no termina cuando termina ese gobierno.
Los vencimientos continúan.
Los intereses continúan.
Los refinanciamientos continúan.
Y los gobiernos posteriores tienen que administrarlos.
Eso vale para Macri.
Vale para Alberto Fernández.
Vale para Milei.
Y valdrá para quien gobierne después de 2027.
POR ESO 2027 ES IMPORTANTE
Y acá aparece una de las preguntas más interesantes de todo este análisis.
¿Por qué 2027 ocupa un lugar tan importante en la discusión política?
Institucionalmente, la respuesta es sencilla:
porque es el año de las próximas elecciones presidenciales.
Pero económicamente hay otra cuestión.
¿Qué estructura financiera recibirá el próximo gobierno?
Porque las obligaciones no desaparecen el día de una elección.
Los bonos continúan.
Los vencimientos continúan.
Los contratos continúan.
Los acuerdos internacionales continúan.
Los regímenes de inversión continúan.
Y los intereses continúan.
La propia información oficial de deuda muestra obligaciones que exceden ampliamente el calendario electoral inmediato.
Por eso hay una pregunta que debería hacerse cualquier ciudadano, independientemente de a quién vote:
¿Cuánto margen tendrá el próximo gobierno para cambiar la política económica que encuentre?
Y existe una segunda pregunta, todavía más incómoda:
¿La continuidad política será necesaria para sostener la arquitectura económica que se está construyendo?
Esto último no puede afirmarse como una acusación sin pruebas.
Pero sí puede preguntarse.
Porque una cosa es defender la continuidad porque se considera que un programa económico necesita tiempo.
Y otra es que una determinada estructura de deuda, contratos, inversiones y compromisos genere incentivos para que el mismo espacio político quiera permanecer en el poder.
La diferencia entre ambas cosas solamente puede establecerse mirando los números y las decisiones concretas.
EL RIGI Y LA PREGUNTA QUE NADIE DEBERÍA EVITAR
Otro elemento central es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones.
El RIGI establece beneficios tributarios, aduaneros y cambiarios para determinados grandes proyectos de inversión y contempla estabilidad normativa durante un período de hasta 30 años.
El Gobierno sostiene que el objetivo es atraer capital, aumentar la producción, generar empleo e impulsar las exportaciones.
Pero una discusión económica seria no termina con la palabra “inversión”.
Hay que preguntar:
¿Qué recibe la sociedad a cambio?
¿Cuánto empleo genera?
¿Cuánto capital nuevo entra realmente?
¿Cuánto se exporta?
¿Cuánto se importa?
¿Cuánto se recauda?
¿Cuánto queda en las provincias?
¿Cuánto queda en los proveedores nacionales?
¿Qué ocurre con las pequeñas y medianas empresas?
¿Qué infraestructura queda?
¿Qué beneficios obtiene el Estado?
Y qué costo fiscal tiene el régimen.
Porque otorgar incentivos a una inversión no es necesariamente bueno ni malo por definición.
La cuestión es medir el retorno.
El problema aparece cuando se transforma una herramienta económica en una cuestión de fe.
La economía no debería funcionar por fe.
Debería funcionar por resultados.
EL PERONISMO TAMBIÉN TIENE QUE HACERSE CARGO DE SU PARTE
Y acá hay que ser igualmente claros.
No se puede hacer una editorial crítica del presente y convertir automáticamente al peronismo en víctima de la historia.
El peronismo gobernó durante muchos años después de la crisis de 2001.
Tuvo una etapa de fuerte crecimiento.
Tuvo una recuperación social importante.
Redujo el desempleo.
Reestructuró deuda.
Mejoró indicadores sociales durante determinados períodos.
Pero también dejó problemas.
La inflación no desapareció.
El modelo fue acumulando desequilibrios.
La economía comenzó a perder dinamismo.
Se profundizaron determinadas distorsiones.
Y el final del ciclo dejó una situación económica que sería posteriormente cuestionada y modificada por el gobierno de Mauricio Macri.
Por lo tanto, reconocer los resultados positivos del período 2003-2015 no significa absolver sus errores.
Y reconocer los errores del kirchnerismo tampoco significa borrar los resultados positivos.
Hay que poder sostener las dos cosas al mismo tiempo.
Eso es justamente lo que hace falta en la política argentina.
PORQUE TAMBIÉN HAY QUE PREGUNTARSE QUÉ PASÓ DESPUÉS
Mauricio Macri prometió normalización.
Llegó con una fuerte expectativa de inversión y crecimiento.
Abrió nuevamente el acceso al financiamiento internacional.
Y terminó enfrentando una crisis cambiaria, inflación elevada y un acuerdo con el FMI.
Alberto Fernández recibió otra economía, atravesó la pandemia, tuvo sus propias decisiones y problemas, y terminó con una inflación extremadamente elevada.
Y en diciembre de 2023 asumió Javier Milei con una propuesta de transformación mucho más profunda.
Cada gobierno recibió una determinada herencia.
Pero cada gobierno también dejó una determinada herencia.
Ese es el punto que muchas veces se pierde.
**Todos reciben.
Todos modifican.
Todos dejan.**
¿ESTAMOS ANTE ALGO COMPLETAMENTE NUEVO?
El Gobierno de Milei sostiene que está llevando adelante una transformación estructural.
Hay elementos que efectivamente son diferentes respecto de otras etapas.
La política fiscal es una de ellas.
La reducción del gasto público es otra.
La desregulación es otra.
El régimen monetario también presenta características diferentes.
La política de incentivos a grandes inversiones es otra.
Y la prioridad otorgada al equilibrio fiscal representa un cambio respecto de períodos anteriores.
Pero que algo sea diferente no significa automáticamente que todos sus resultados futuros estén garantizados.
Ahí es donde comienza el verdadero análisis.
Porque la Argentina ya tuvo períodos de estabilidad.
Ya tuvo apertura financiera.
Ya tuvo ingreso de capitales.
Ya tuvo crecimiento acelerado.
Ya tuvo endeudamiento.
Ya tuvo desendeudamiento.
Ya tuvo superávit.
Ya tuvo déficit.
Ya tuvo programas con el FMI.
Ya tuvo grandes promesas de transformación.
Y varias veces terminó chocando contra restricciones que inicialmente parecían controladas.
LA PREGUNTA NO ES SI MILEI ES IGUAL A MENEM
Tampoco tiene sentido decir que Milei es exactamente igual a Menem.
No lo es.
Ni que Milei es igual a Macri.
Tampoco.
Ni que la economía de 2026 es la de 2001.
No lo es.
Pero sí es válido estudiar los mecanismos.
Porque las personas que vivieron los noventa saben que una economía puede parecer ordenada durante un período y, al mismo tiempo, estar acumulando desequilibrios que todavía no se ven en la superficie.
También saben que una economía puede recuperarse extraordinariamente después de una crisis.
Y saben que un gobierno puede recibir una herencia complicada y, a su vez, dejar problemas para el siguiente.
Eso es lo que significa haber vivido la historia.
Y ACÁ ESTÁ EL PROBLEMA DE LOS RELATOS SIMPLIFICADOS
Hay jóvenes que conocen la Argentina de los últimos años únicamente por videos de TikTok, X, Instagram o YouTube.
No vivieron la hiperinflación.
No vivieron la Convertibilidad.
No vivieron la recesión de fines de los noventa.
No vivieron el corralito.
No vivieron diciembre de 2001.
No vivieron la salida de la Convertibilidad.
No vivieron la recuperación de 2003.
No vivieron la crisis de 2018.
No vivieron muchas de las cosas que hoy se utilizan como argumentos políticos.
Eso no significa que un joven no tenga derecho a opinar.
Por supuesto que lo tiene.
Pero significa que la memoria histórica importa.
Porque leer sobre una crisis no es lo mismo que vivirla.
Leer que hubo inflación no es lo mismo que recibir el sueldo y descubrir que al mes siguiente ya no alcanza.
Leer que hubo corralito no es lo mismo que ir al banco y descubrir que no podés disponer libremente de tus propios ahorros.
Leer que hubo desempleo no es lo mismo que ver desaparecer el trabajo de tu familia.
Por eso una discusión económica seria exige algo que hoy parece cada vez más escaso:
memoria.
NO HAY SALVADORES ECONÓMICOS
La Argentina tiene una tendencia histórica a buscar salvadores.
Primero aparece el hombre que promete estabilidad.
Después aparece el que promete crecimiento.
Después el que promete justicia social.
Después el que promete apertura.
Después el que promete Estado.
Después el que promete mercado.
Y cada generación termina creyendo que finalmente apareció la fórmula definitiva.
Pero la economía no funciona así.
Un Estado puede gastar demasiado.
Pero también puede gastar mal.
Puede cobrar demasiados impuestos.
Pero también puede recaudar poco.
Puede endeudarse irresponsablemente.
Pero también puede utilizar deuda para financiar inversiones productivas.
Puede emitir demasiado.
Pero tampoco puede ignorar las consecuencias monetarias de sus decisiones.
Puede bajar la inflación.
Pero también necesita crecimiento sostenible.
Puede conseguir superávit.
Pero tiene que demostrar que ese superávit puede mantenerse.
Puede atraer inversiones.
Pero tiene que demostrar qué retorno obtiene la sociedad.
No existe una sola variable capaz de explicar una economía.
Todo tiene una segunda pregunta.
Y muchas veces esa segunda pregunta desaparece del debate político.
¿Y SI ESTAMOS REPITIENDO EL CICLO?
Esta es quizás la pregunta más incómoda.
¿Y si la Argentina está haciendo nuevamente algo que ya hizo otras veces?
No exactamente de la misma manera.
No con los mismos instrumentos.
No con los mismos gobiernos.
Pero con determinados mecanismos que pueden resultar conocidos.
Buscar estabilidad.
Conseguir financiamiento.
Atraer capital.
Reducir desequilibrios.
Generar confianza.
Prometer crecimiento.
Y confiar en que el tiempo permita consolidar el modelo.
La Convertibilidad tuvo estabilidad y crecimiento durante una primera etapa, pero terminó chocando contra desequilibrios fiscales, externos y financieros que contribuyeron a su crisis. La CEPAL estudió precisamente esa combinación.
La etapa posterior tuvo una extraordinaria recuperación, pero también terminó acumulando problemas.
Macri intentó otra estrategia y terminó recurriendo al FMI.
Y ahora Milei propone una arquitectura económica diferente.
La pregunta no es si son iguales.
La pregunta es qué mecanismos estamos repitiendo.
LOS MISMOS NOMBRES DEBERÍAN OBLIGARNOS A HACER MEJORES PREGUNTAS
Y acá volvemos al principio.
Sturzenegger estuvo en el gobierno de De la Rúa en 2001.
Después fue presidente del Banco Central durante el gobierno de Macri.
Y hoy es ministro de Desregulación de Milei.
Bullrich estuvo en el gobierno de De la Rúa durante 2001.
Después fue ministra de Seguridad de Macri.
Luego volvió al Ministerio de Seguridad con Milei y actualmente ocupa una posición central dentro del oficialismo en el Senado.
Caputo fue secretario de Finanzas y ministro de Finanzas durante Macri y hoy es ministro de Economía de Milei.
Cavallo fue ministro de Economía de Menem y volvió a ser ministro de Economía con De la Rúa.
Y todos estos nombres aparecen vinculados, en diferentes momentos y con diferentes responsabilidades, a distintas etapas de la historia económica argentina.
Eso no demuestra que sus políticas actuales sean iguales a las anteriores.
Tampoco demuestra que hayan cometido los mismos errores.
Pero sí demuestra algo:
no estamos hablando de recién llegados a la administración pública.
Y por eso la pregunta debería ser mucho más exigente.
¿Qué aprendieron?
¿Qué cambiaron?
¿Qué errores reconocen?
¿Qué mecanismos consideran que funcionaron?
¿Cuáles consideran que fracasaron?
Y, sobre todo:
¿Qué están haciendo hoy que impida que la Argentina vuelva a tropezar con las mismas restricciones que ya conoció?
LA VERDADERA DISCUSIÓN
Quizás el problema argentino sea que discutimos demasiado quién tiene la culpa y demasiado poco qué estructura estamos construyendo.
Porque dentro de diez años nadie va a vivir de los discursos que hoy se pronuncian.
Lo que va a quedar son los números.
Cuánto producíamos.
Cuánto exportábamos.
Cuánto debíamos.
Cuánto pagábamos de intereses.
Cuánto ganaba un trabajador.
Cuánto podía ahorrar una familia.
Cuántas empresas existían.
Cuánto empleo formal había.
Cuánto recaudaba el Estado.
Cuánto gastaba.
Qué infraestructura quedó.
Qué inversiones quedaron.
Y cuánto margen tenía la Argentina para tomar decisiones propias.
Los discursos pasan.
Los balances quedan.
ENTONCES, ¿A QUÉ ESTAMOS JUGANDO?
Esta es la pregunta que debería quedar abierta.
Porque quizás la Argentina no necesite otro salvador.
Quizás necesite algo mucho menos espectacular y mucho más difícil:
un modelo que pueda sobrevivir al gobierno que lo construyó.
Un modelo que no dependa de que gane determinado partido.
Un modelo que no necesite explicar permanentemente que “todavía falta”.
Un modelo donde el crecimiento no dependa eternamente del endeudamiento.
Donde el superávit no sea solamente una fotografía de un período.
Donde bajar la inflación no implique destruir la capacidad productiva.
Donde atraer inversiones no signifique conceder beneficios sin medir el retorno económico y social.
Donde el Estado no sea una máquina de gastar sin control.
Pero donde tampoco se confunda eficiencia con abandono.
Y donde la deuda no vuelva a convertirse en una forma permanente de trasladar los problemas hacia adelante.
Porque después de treinta años de crisis, recuperación, endeudamiento, desendeudamiento, inflación, estabilidad, ajuste, crecimiento y nuevas promesas, hay una pregunta que atraviesa prácticamente toda nuestra historia reciente:
¿Cuándo vamos a dejar de discutir quién es el culpable y empezar a discutir qué país estamos construyendo?
Y todavía hay una pregunta más difícil:
¿Qué país vamos a dejarle al próximo gobierno cuando llegue 2027?
Porque 2027 va a llegar.
Y gane quien gane, las deudas seguirán existiendo.
Los contratos seguirán vigentes.
Los vencimientos llegarán.
Las inversiones tendrán sus condiciones.
Los intereses deberán pagarse.
Y la economía tendrá que seguir funcionando.
Entonces quizás haya llegado el momento de mirar menos el relato y un poco más la letra chica.
Menos el político de turno y más los números.
Menos la pelea entre libertarios, peronistas, macristas y radicales.
Y más la pregunta que todos deberíamos hacernos, independientemente de nuestra ideología:
¿Esta vez estamos construyendo algo sostenible o simplemente estamos preparando la próxima explicación para cuando vuelva a faltar tiempo?
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