EDITORIAL: EL HOMBRE SIN ROSTRO: YABRÁN, PODER POLÍTICO, NEGOCIOS Y EL CASO CABEZAS

EL HOMBRE SIN ROSTRO: YABRÁN, PODER POLÍTICO, NEGOCIOS Y EL CASO CABEZAS

Hay personajes de la historia argentina que pueden reconstruirse a partir de sus discursos, de sus fotografías, de sus empresas o de sus decisiones públicas.

Y hay otros que parecen haber sido construidos alrededor de todo aquello que no podía verse.

Alfredo Yabrán fue uno de esos personajes.

Durante años, su nombre circuló en determinados ámbitos empresariales, políticos y sindicales, pero su rostro permaneció prácticamente desconocido para el gran público.

Había nacido en Larroque, Entre Ríos, en 1944, y se trasladó a Buenos Aires a comienzos de los años sesenta. Sus primeros pasos empresariales estuvieron vinculados con actividades comerciales, sistemas de seguridad, transporte de valores y posteriormente con el sector postal y logístico.

Con el tiempo, su nombre quedó relacionado con empresas como OCASA y OCA y con distintas actividades vinculadas al transporte, la seguridad, los depósitos fiscales y los servicios aeroportuarios.

Pero para comprender cómo un hombre prácticamente desconocido para la mayoría de los argentinos terminó convirtiéndose en uno de los nombres más controvertidos de la década de 1990, hay que detenerse en algo más amplio que su biografía personal.

Hay que mirar el contexto.

UN EMPRESARIO QUE CRECIÓ EN UNA ARGENTINA QUE ESTABA CAMBIANDO

La expansión de los negocios de Yabrán atravesó distintos períodos políticos.

Durante los años setenta y ochenta, sus actividades empresariales se fueron ampliando hacia áreas vinculadas con la logística, la seguridad y el transporte de documentación y valores.

Con el retorno de la democracia, y particularmente durante el gobierno de Carlos Menem, ese universo empresarial adquirió una dimensión mucho mayor.

Yabrán quedó relacionado, entre otras cosas, con actividades vinculadas a los aeropuertos, los depósitos fiscales, los servicios de rampa, los free shops y el correo privado.

Y ahí aparece uno de los primeros puntos que vale la pena detenerse a analizar.

Porque una cosa es que un empresario tenga una empresa.

Otra muy diferente es que distintas empresas vinculadas a sectores estratégicos comiencen a aparecer relacionadas, directa o indirectamente, con una misma estructura empresarial.

Eso fue precisamente lo que comenzó a llamar la atención de Domingo Cavallo.

Pero Cavallo no apareció de repente en 1995.

El conflicto ya venía de antes.

INTERCARGO: EL CONFLICTO QUE VENÍA ANTES DE CAVALLO

Resulta difícil reconstruir la historia de Yabrán sin detenerse en los problemas vinculados con los aeropuertos y, particularmente, con Intercargo.

En 1994 se produjo un conflicto alrededor de la empresa encargada de los servicios de rampa en los aeropuertos.

El Estado terminó adquiriendo acciones de Intercargo a través de un mecanismo aprobado por el Decreto 1188/94, y posteriormente otro decreto transfirió esas acciones a la jurisdicción del Ministerio de Economía.

El propio Cavallo cuestionó públicamente aquella operación y sostuvo una interpretación muy crítica respecto de los intereses empresariales que, según él, estaban detrás de la operación.

En su posterior reconstrucción del episodio, Cavallo afirmó que el Estado había pagado un precio que consideraba excesivo y vinculó la operación con empresas que atribuía al grupo de Yabrán. Esa es la versión de Cavallo y debe ser entendida como tal.

El dato importante es otro:

Esto ocurrió antes de que Cavallo expusiera públicamente a Yabrán en el Congreso.

Y eso abre una de las primeras preguntas incómodas de esta historia:

¿Cavallo descubrió a Yabrán cuando habló en el Congreso en 1995, o el conflicto empresarial y político ya venía desarrollándose desde antes?

La relación entre ambos tampoco comenzó en ese momento.

Cavallo había mantenido reuniones con Yabrán y había interrogado al empresario acerca de su participación en distintas compañías. Según el relato posterior de Cavallo, incluso le propuso concentrar sus empresas en una estructura común.

Yabrán, según esa versión, no aceptó.

Mientras tanto, también se discutía el futuro del sistema postal argentino.

Durante aquellas discusiones, Cavallo llegó a calificar determinados proyectos como un “traje a medida para Yabrán”.

Y en agosto de 1995 llegó el momento que cambiaría definitivamente la relación entre ambos.

EL DÍA EN QUE EL NOMBRE DE YABRÁN DEJÓ DE SER ANÓNIMO

Domingo Cavallo llevó sus acusaciones al Congreso.

Allí presentó a Yabrán como el supuesto jefe de una estructura empresarial que, según sus denuncias, controlaba directa o indirectamente compañías vinculadas con el correo, la logística, los aeropuertos y otros servicios.

Entre los nombres mencionados aparecieron OCA, OCASA, Edcadassa, Intercargo, Interbaires y Villalonga Furlong, entre otras empresas.

Pero aquí hay una diferencia que resulta fundamental para cualquier reconstrucción seria:

una acusación política no equivale automáticamente a una comprobación judicial.

Cavallo estaba formulando una denuncia pública.

Años después, el propio Cavallo reconocería que no contaba con nuevas pruebas que le permitieran demostrar judicialmente algunos de aquellos señalamientos.

Eso no convierte automáticamente sus acusaciones en verdaderas ni falsas.

Las coloca en el lugar que corresponde: el de acusaciones que deben ser contrastadas con documentación, investigaciones y decisiones judiciales.

Pero hubo una consecuencia que sí quedó fuera de discusión.

Alfredo Yabrán dejó de ser un desconocido.

Su nombre pasó a ocupar las páginas de los diarios.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraordinario.

El público comenzó a preguntarse:

¿Quién era ese hombre?

Porque todavía faltaba una cosa.

Nadie tenía prácticamente una imagen pública de él.

EL HOMBRE SIN ROSTRO

En la Argentina de 1996 no existían las redes sociales.

No existía Facebook.

No existía Instagram.

No existía X.

No existían los teléfonos inteligentes.

Una fotografía no podía ser compartida por millones de personas en cuestión de minutos.

La circulación masiva de una imagen dependía de los diarios, las revistas, la televisión y la radio.

Por eso una fotografía exclusiva podía convertirse en un acontecimiento.

Una tapa de revista podía instalar una imagen en millones de hogares.

Una fotografía que ningún otro medio tenía podía transformar una edición en una publicación especialmente buscada.

Y en ese contexto apareció José Luis Cabezas.

En febrero de 1996, el reportero gráfico de la revista Noticias consiguió fotografiar a Alfredo Yabrán caminando por la playa de Pinamar.

La imagen fue publicada en marzo de ese año.

Y algo cambió definitivamente.

El hombre que durante años había construido parte de su identidad pública alrededor del anonimato ahora tenía rostro.

Y el rostro de Yabrán quedó asociado para siempre a la fotografía de Cabezas.

Pero aquella fotografía apareció en un momento particularmente sensible.

Yabrán ya estaba instalado en la discusión política.

Cavallo había hecho público su nombre.

Sus empresas eran objeto de discusión.

Sus relaciones con distintos sectores del poder eran materia de debate.

Ahora, además, el país podía reconocerlo físicamente.

Y entonces ocurrió la tragedia.

CABEZAS

El 25 de enero de 1997, José Luis Cabezas fue secuestrado y asesinado en Pinamar.

Su cuerpo apareció dentro de un automóvil incendiado en una cava de General Madariaga.

Había sido esposado y recibió dos disparos.

La noticia conmocionó al país.

Y alrededor de aquella escena apareció además una circunstancia que quedó grabada en la memoria argentina.

El entonces gobernador bonaerense Eduardo Duhalde conocía aquella zona y tenía la costumbre de ir a pescar a la laguna Salada Grande.

Cuando tomó conocimiento de lo ocurrido, quedó registrada una frase que atravesaría las décadas:

“Me tiraron un muerto”.

La expresión fue pronunciada en el contexto inmediato del hallazgo y Duhalde explicó posteriormente que no la había utilizado para señalar a Yabrán, sino para referirse a la gravedad de lo que había ocurrido y a la situación política y policial que enfrentaba.

La frase, sin embargo, quedó incorporada a la memoria colectiva.

Y mientras el país todavía intentaba comprender qué había ocurrido, la investigación comenzó a avanzar.

Aparecieron los nombres de policías bonaerenses.

Aparecieron los integrantes de la banda conocida como Los Horneros.

Apareció Gustavo Prellezo.

Y apareció Gregorio Ríos, jefe de seguridad de Yabrán.

La investigación judicial terminaría estableciendo responsabilidades penales de distintos integrantes de la organización que ejecutó el crimen.

Pero la pregunta central permanecía:

¿Quién había ordenado matar a José Luis Cabezas?

Y allí el nombre de Alfredo Yabrán volvió a aparecer.

CUANDO LA FOTOGRAFÍA EMPEZÓ A VOLVERSE CONTRA SU PROTAGONISTA

Después del asesinato de Cabezas, la historia de Yabrán entró en una etapa completamente diferente.

El hombre que durante años había evitado la exposición pública ya no podía permanecer oculto.

Su rostro aparecía en los diarios.

Su nombre estaba en la televisión.

Los periodistas seguían sus movimientos.

Y el asesinato del fotógrafo que había conseguido mostrarlo se convirtió en una cuestión nacional.

Yabrán comenzó entonces a hacer algo que hasta poco tiempo antes parecía incompatible con su propia construcción pública:

hablar.

En marzo de 1997 concedió una entrevista al diario Clarín.

Fue publicada el 16 de marzo.

La entrevista fue una de las pocas oportunidades en las que el empresario habló directamente ante la prensa.

Y allí apareció una frase que quedó asociada para siempre con su figura.

Cuando le preguntaron qué era para él el poder, respondió:

“Tener impunidad”.

La frase podía ser interpretada de distintas maneras.

Podía ser una definición personal.

Podía ser una respuesta provocadora.

Podía ser simplemente una manera de explicar cómo entendía el poder.

Pero, pronunciada en ese momento, adquirió una dimensión particular.

Porque quien la decía era un empresario que estaba siendo investigado por su posible vinculación con el asesinato de un fotógrafo.

Y mientras Yabrán intentaba defender públicamente su posición, la investigación judicial avanzaba.

Su jefe de seguridad, Gregorio Ríos, quedó detenido.

Gustavo Prellezo fue señalado como uno de los responsables materiales.

Y el vínculo entre distintos participantes del crimen y el entorno de Yabrán comenzó a ocupar un lugar central en la causa.

La Justicia terminaría estableciendo responsabilidades penales por el asesinato.

Pero incluso entonces era necesario distinguir entre una investigación, una sospecha y una condena.

Yabrán no llegó a ser juzgado por el asesinato.

La cuestión de su responsabilidad como autor intelectual fue una de las grandes controversias del caso.

EL CERCO

A medida que pasaban los meses, la situación de Yabrán se fue complicando.

El empresario había pasado de ser prácticamente invisible a convertirse en uno de los hombres más observados de la Argentina.

Y eso produjo una paradoja.

Cuanto más intentaba explicar su situación, más espacio ocupaba en los medios.

Cuanto más aparecía su nombre, más preguntas surgían.

Y cuanto más avanzaba la investigación, más difícil resultaba separar al empresario de la imagen pública que se había construido alrededor de él.

En 1997 y comienzos de 1998, la investigación siguió avanzando sobre las relaciones entre quienes participaron del crimen y el entorno de Yabrán.

El juez José Luis Macchi investigaba la causa y el nombre de Yabrán seguía apareciendo como una de las principales hipótesis alrededor de la autoría intelectual.

Para comienzos de 1998, el caso seguía siendo una de las investigaciones más importantes del país.

Y entonces llegó el punto de quiebre.

En mayo de 1998, la Justicia ordenó la captura de Alfredo Yabrán.

El empresario ya no era solamente un hombre investigado.

Ahora estaba prófugo.

El hombre que durante años había construido su poder desde la distancia comenzó a ser buscado públicamente.

Y aquí la televisión volvió a desempeñar un papel central.

No existían las redes sociales, pero la televisión podía convertir una persecución en un acontecimiento nacional.

Cada allanamiento.

Cada versión.

Cada supuesto lugar donde podía encontrarse.

Cada movimiento de sus abogados.

Todo era noticia.

Yabrán había pasado de esconder su rostro a tener su rostro permanentemente en pantalla.

La paradoja era casi perfecta.

Y ENTONCES LA REALIDAD EMPEZÓ A PARECERSE A UNA FICCIÓN

En los años noventa, la televisión argentina estaba llena de historias sobre identidades ocultas, desapariciones, dobles y personas que intentaban desaparecer dejando atrás otra identidad.

Una de esas ficciones fue Ricos y famosos.

En la trama que quedó en la memoria de quienes la vieron, Luciano Salerno encontraba a un hombre físicamente parecido a él y utilizaba esa semejanza para construir una falsa muerte y desaparecer.

La comparación con Yabrán resulta inevitable.

Pero hay que establecer una frontera muy clara.

La novela era ficción.

No es una prueba de que Yabrán hubiera planeado una desaparición.

La muerte de Yabrán fue investigada judicialmente y la conclusión fue que se trató de un suicidio.

Sin embargo, cuando ocurrió lo que ocurrió, la imaginación colectiva hizo el resto.

Porque el hombre que durante años había ocultado su rostro terminó muriendo de una manera que hizo que su rostro quedara prácticamente irreconocible.

Y entonces aparecieron las preguntas.

¿Y si no era él?

¿Y si había preparado una desaparición?

¿Y si alguien podía sustituirlo?

¿Y si una historia que parecía propia de una telenovela podía ocurrir realmente?

Las preguntas circularon durante años.

Pero la investigación forense identificó los restos como pertenecientes a Yabrán y la conclusión judicial fue el suicidio.

La ficción, por lo tanto, puede servir para entender el clima cultural de una época.

No puede utilizarse como evidencia sobre lo ocurrido en la realidad.

Y precisamente ahí está lo interesante.

Porque la Argentina de los años noventa había construido, entre televisión, revistas y diarios, un imaginario donde el poder, el dinero, las identidades ocultas y las desapariciones formaban parte de las historias cotidianas.

Y de repente aparecía un empresario real que había ocultado su rostro durante años, que había sido fotografiado por un periodista posteriormente asesinado, que había quedado en el centro de una investigación y que finalmente desaparecía de la escena después de una orden de captura.

La realidad parecía escrita por un guionista.

Pero era realidad.

EL FINAL

El 20 de mayo de 1998, una comisión policial llegó a la estancia San Ignacio, en Entre Ríos, para detener a Yabrán.

El empresario apareció muerto.

La investigación judicial determinó que se había suicidado de un disparo de escopeta.

Tenía 53 años.

Su muerte cerró definitivamente la posibilidad de que pudiera ser llevado a juicio por las acusaciones que pesaban sobre él.

Y, al mismo tiempo, abrió una nueva etapa.

Porque Yabrán desaparecía.

Pero sus empresas no desaparecían con él.

Y ahí empieza otra historia.

¿QUÉ QUEDÓ DE YABRÁN DESPUÉS DE YABRÁN?

En diciembre de 1997, apenas meses antes de su muerte, el Grupo Exxel había adquirido por alrededor de 605 millones de dólares un conjunto de empresas vinculadas con aquel universo empresarial: OCA, OCASA y sociedades relacionadas con Edcadassa, Interbaires y Villalonga Furlong.

La operación tuvo una enorme importancia porque algunas de esas compañías habían sido precisamente mencionadas por Cavallo años antes como parte del supuesto entramado empresarial de Yabrán.

Pero hay una precisión que también debe hacerse.

El Exxel negó que hubiera comprado esas empresas directamente a Yabrán.

Por lo tanto, no corresponde transformar una atribución periodística o política en una certeza sobre la titularidad efectiva.

Lo que sí está documentado es que el grupo Exxel realizó aquella operación y que Héctor Fernando Colella tuvo un papel central en ella.

Colella era accionista y exvicepresidente de OCA y una persona cercana a Yabrán. Después de la muerte del empresario, distintas fuentes empresariales y judiciales lo señalaron como la persona identificada con las iniciales “H.C.” en una de las cartas atribuidas a Yabrán.

Y entonces aparece otra pregunta.

¿Qué parte del llamado “imperio Yabrán” desapareció realmente con Yabrán y qué parte continuó funcionando bajo otras personas, sociedades o propietarios?

Porque la muerte de un empresario no necesariamente significa la muerte de las estructuras económicas que construyó.

Las empresas pueden venderse.

Los accionistas pueden cambiar.

Los administradores pueden continuar.

Los nombres pueden desaparecer mientras las estructuras permanecen.

Y eso es precisamente lo que vuelve tan interesante el caso Yabrán desde una perspectiva histórica.

Porque la pregunta ya no es solamente quién fue Alfredo Yabrán.

La pregunta es cuánto de aquella estructura económica, empresarial y política que se construyó alrededor de su nombre sobrevivió a su muerte.


 

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